Por: Alma Ximena Guzmán

En la época medieval hay una historia que sobresale entre muchas: la de Tristán e Isolda. Esta fascinante narración de dos personajes marcados por la fatalidad del destino, ha inspirado otras historias universales, tales como la de Romeo y Julieta de William Shakespeare. Aunque vivimos en un cruce constante de influencias entre culturas, conviene recordar que Tristán e Isolda también podría tener raíces en el mito de Píramo y Tisbe de Ovidio.

En la versión novelada de Joseph Bédier (1900), podemos apreciar una lectura cristiana del amor. A diferencia de los dioses griegos, el Dios cristiano se presenta como fuente inagotable de amor. El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, lo expresa con claridad:

“Aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y todas las ciencias, aunque tenga la plenitud de la fe, si no tengo amor no soy nada. Aunque distribuya todos mis bienes entre los pobres, aunque entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve de nada. El amor es paciente, servicial, sin envidia; no se jacta ni se engríe, no obra con dureza, no busca su interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Cor 13, 2–7).

Este pasaje —analizado también por Roxana Kreimer en Falacias del amor— resalta una idea central: para el apóstol Pablo, amar es un don espiritual, opuesto a la concepción griega, donde la pasión y la sexualidad podían ser vistas como fuerzas inevitables, incluso peligrosas.

Desde esta perspectiva, el amor de Tristán hacia su tío Marcos aparece como un amor servicial y de ofrenda: entrega a Isolda al rey en señal de gratitud, aun sabiendo que ella lo amaba. Antes de beber accidentalmente la pócima del amor, Tristán se despoja de sus deseos para cumplir con el deber. Pero tras el embrujo, descubre un amor pasional que el cristianismo medieval difícilmente legitimaba. De ahí surge su desgracia y su destino fatal, que parece presentarse como castigo por desviarse de la norma cristiana.

Quedan entonces algunas preguntas abiertas para profundizar


¿Será posible que en la Edad Media el amor pasional hacia una mujer solo pudiera justificarse mediante un embrujo? ¿Y no seguimos hoy, de algún modo, explicando la pasión como un exceso irracional en lugar de reconocerla como parte esencial de lo humano?

Referencias.

Bédier, Joseph. El romance de Tristán e Isolda. Traducción al español. Madrid: Alianza Editorial, 2000.
Shakespeare, William. Romeo y Julieta. Madrid: Cátedra, 2011.
Ovidio. Metamorfosis. Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Madrid: Gredos, 2008.
Biblia de Jerusalén. 1 Corintios 13, 2–7. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1998.
Kreimer, Roxana. Falacias del amor. Buenos Aires: Ediciones Lea, 2012.