
La relación con El otoño del patriarca, aunque las historias sean muy distintas está en que ambas obras nos encierran dentro de una conciencia deteriorada, donde pasado, presente, fantasía y recuerdo dejan de distinguirse con claridad.
En Estoy pensando en el final, progresivamente comprendemos que Jake, el personaje de Jesse Plemons, y el viejo conserje no deben entenderse simplemente como personajes independientes. La película construye una subjetividad en la que recuerdos, deseos, películas, libros y vidas imaginadas se mezclan. Por eso los padres cambian de edad, la joven cambia de nombre y profesión, y la cronología se vuelve imposible. El tiempo objetivo prácticamente desaparece porque estamos entrando en la experiencia mental de Jake.
Eso tiene un paralelo muy interesante con El otoño del patriarca. García Márquez tampoco nos permite reconstruir tranquilamente una biografía lineal del dictador. El tiempo vuelve sobre sí mismo: el patriarca parece morir, reaparece, envejece interminablemente; acontecimientos que parecen presentes pertenecen al recuerdo y otros parecen repetirse. La narración reproduce así una conciencia y, más ampliamente, un mundo atrapado dentro del tiempo del poder.
Pero hay una diferencia decisiva. En Kaufman, la distorsión temporal procede principalmente de la soledad individual: Jake reconstruye mentalmente la vida que pudo haber tenido. En García Márquez, esa deformación adquiere una dimensión histórica y política: el patriarca ha concentrado tanto poder que su propia temporalidad parece imponerse sobre el país.
Y ahí aparece una semejanza todavía más fuerte: los dos son hombres radicalmente solos. Jake fantasea con vínculos que nunca consiguió construir; el patriarca posee un poder casi ilimitado pero tampoco logra establecer relaciones humanas auténticas. En ambos casos, el mundo que los rodea termina pareciendo una prolongación de su propia conciencia.
Incluso los finales pueden ponerse en diálogo. El final de Kaufman destruye la frontera entre la vida efectivamente vivida y la vida imaginada. En El otoño del patriarca, la muerte finalmente rompe el tiempo circular del dictador y permite que aparezca otra temporalidad: la de quienes sobreviven al régimen.
¿Qué ocurre con el tiempo narrativo cuando un personaje queda encerrado en sí mismo?
Kaufman respondería desde memoria, deseo, frustración y soledad; García Márquez, desde memoria, poder, aislamiento y dictadura.
Y hay algo todavía más interesante para trabajar El otoño del patriarca: el problema del narrador en ambas obras.



La película de Kaufman puede servir para comprender por qué en García Márquez resulta tan difícil determinar quién ve, quién recuerda y quién está contando.
Es una excelente combinación.
